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Oscar Zensei González
 
Guitarrista de Monterrey, pero de repercusión nacional e internacional
 

Como la mayoría de los niños, Oscar González soñaba con ser astronauta. Su gusto por la música se le despertó “ya tarde”, a los doce o trece años de edad. Estudio diversas disciplinas, estableció una agencia de publicidad y administró bares y restaurantes, pero terminó dedicándose a la música por completo, como guitarrista y compositor.

Oscar afirma que, desde siempre, le atrajo la música, pero que le gustaba tanto que sólo escucharla no le resultaba suficiente. Como en la mayoría de los hogares mexicanos, en el suyo había una guitarra; de haber habido un piano se hubiera hecho pianista, o trompetista, si su padre hubiese consentido en comprarle una, en la época en la que Oscar pertenecía a la banda de guerra de su escuela secundaria.


Luego, aprendió a tocar rock de manera autodidacta; de hecho, era ya un profesional que actuaba en eventos sociales, cuando se decidió a ingresar a la Facultad de Música de la Universidad Regiomontana. Su naciente gusto por el jazz y la música clásica le hizo consciente de que sin estudios formales, no llegaría a parte alguna.
 

Su padre, empresario y político, jamás consideró la posibilidad de tener un hijo músico, por lo que, cuando Oscar reveló sus intenciones, literalmente ardió Troya.

Aunque Oscar es ahora un músico polifacético, capaz de abordar todos los estilos, en el jazz ha encontrado un adecuado y apasionante foro de expresión.

Un momento que recuerda con mucho cariño es el de haber tocado, como guitarrista invitado, con varios ensambles europeos que llegaron a Monterrey; también recuerda las exitosas presentaciones de sus dos discos con la agrupación Seven Changes. Dice que no se siente satisfecho con el resultado de esas grabaciones, pero que tienen su valor porque, en su momento, así salieron de manera natural. Para Oscar eso es muy importante: respetar el proceso natural de las cosas. Por cierto, ese nombre, Seven Changes hace alusión al número que ordena el Cosmos o las cosas del hombre y los cambios que, incesantemente, todo ente experimenta.

La composición, enfatiza, es su verdadera vocación; tiene facilidad para ello, pero considera que el talento debe complementarse con la disciplina. Aunque se distingue por su permanente autocrítica, no se considera implacable sino objetivo.

Oscar demuestra especial interés por las filosofías orientales, a las que les ha dedicado casi el mismo tiempo que a la música. Ha incursionado por las escuelas teosófica, gnóstica, metafísica, por el Cuarto Camino, etc. Ha estudiado astrología, psicología sistémica, ciencia política y negocios. Está convencido de que un verdadero artista debe contar con una amplia cultura y con un amplio criterio; eso, dice, lo convertirá en una persona más sólida, capaz de explorar los confines del conocimiento y de la sensibilidad.

Oscar, que de manera paralela a su actividad artística, produce, compra y vende espectáculos, jamás pensó en ser empresario hasta que, en el 2005, su hijo cumplió tres años. El pequeño Andrés, que ya lee música y que ya ofreció su primer recital de piano, parece, hasta ahora, que no esta interesado en seguir el camino de su padre.

Un día, el Zensei viajaba de Guadalajara a Monterrey, cuando comenzó a reflexionar en la posibilidad de producir su disco ideal. Había trabajado muy esforzadamente en la música y estaba convencido de tener el talento suficiente para ello. Escribió en su computadora los nombres de los músicos con los que quería grabar; la lista incluía a David Liebman, Jack Wilkins y Ralph Alessi, que, al final de cuentas, resultaron los tres invitados especiales al proyecto.

“Afortunadamente las cosas se dieron y de forma relativamente sencilla. Para lograr algo en la vida, primero hay que pensar en que uno se lo merece y, después, hay que dar los pasos en consecuencia y enfocarse en el resultado.”

Oscar González no pretende compararse ni piensa en la crítica o en el qué dirán. Simplemente, hizo un disco con la calidad que el considera que debe tener, respetando al público y con las credenciales de 20 años de trayectoria.

Se identifica con colegas suyos que son capaces de tocar, con igual éxito, guitarras sólidas o huecas. Afirma que algunos critican su gusto por la Fender Stratocaster, pero subraya que es necesario que en México se superen esos encasillamientos, porque el músico hace al instrumento y no éste al ejecutante.

Para mí, ha sido una gran satisfacción haber estado presente en la grabación de Psicodrama. Tras escuchar este repertorio, estoy seguro de que usted estará de acuerdo conmigo en que Oscar González tiene el signo de éxito en su horizonte. No puede ser de otra manera.


Germán Palomares Oviedo





 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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2014
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